Respeto, Verdad y Justicia

La primicia y la miseria puesta de manifiesto ...

Se pudrió, y el cielo se resquebrajó. Días intensos, de mucho calor, de esos días densos que uno sabe que se las traen. Lo palpitamos desde la madrugada, o un poco más. Quizá hasta 79 días más. Y nos inundó el desconcierto, la nostalgia, la sensación de taquicardia, todo un raid de emociones que se intensificó con un llamado. Llegó el jueves, y los vientos desataron la tormenta. Un cuerpo sin vida hallado en el Río Chubut revolucionó los aires. Un llamado a la familia Maldonado nos pondría en alerta y expectantes. Podía ser Santiago. Y así, un rayo con la tormenta en vilo nos partió el tronco en dos.

Desde aquel 1 de agosto nos manteniamos en vela por su aparición. Nos convocamos, nos manifestamos. Hicimos visible nuestro reclamo: aparición con vida de Santiago Maldonado.

El pronóstico dejó en vista la preocupación colectiva, que empapados de ansiedad, esperamos algo más que, de esos ya acostumbrados, indicios. Esperabamos una confirmación. Y aunque dos largos meses simulen que estábamos preparados, concientizados, y fuertes para hacer frente a uno de los peores escenarios posibles para un futuro encuentro con Santiago, no lo fue. Las horas pasaban y se volvían cada vez más húmedas. A cada momento estábamos en búsqueda de nueva información: consultábamos en portales web, con colegas, no nos alejábamos del celular; vivíamos en una atmósfera de estrés social.

Por otro lado, un torbellino de información, de parte los medios, nos invadió. Todos buscaron la primicia y a cualquier costo. No podríamos ser exactos y definir el grado de cinismo que tienen, pero si algo es seguro es que lo tienen. Quedaron expuestos y más de uno se mandó al frente. Nos tentaron, intentaron sumergirnos en un juego repleto de hipótesis: se ahogó, lo tenían los mapuches, lo plantó gendarmería. Se apagó el día, y llegaron las fotos. De una mano que asomaba en el cuerpo, que flotando en el río se dejaba entrever, de una campera celeste, azul. Debimos desempolvar el paraguas y llevarlo en alto contra un exabrupto de información.

Desde el comienzo, soplaron fuertes vientos de información. Grandes medios se dieron el lujo de insinuarnos que todo había sido una farsa, y que la tormenta que avecinaba no era más que una sensación. Que estaba en Entre Ríos, publicaron a raíz de un “camionero”, que supuestamente lo había traslado; que fue visto en El Bolsón, marcaban otros. También en Chile, y hasta diferentes versiones de que lo habrían cruzado y reconocido. Se burlaron de nosotros. Pero si hay algo que no olvidaremos, es el video en que ‘se mostraba’ a Santiago, y tampoco ese ridículo 20 por ciento mencionado por una funcionaria. Da miedo, señora. La necesidad de la primicia devastó y arrasó a los medios. Que si tenía rastas, que si era tatuador, y hasta si su aspecto y forma de vida se debía a cierta creencia de ser un estilo de cacique. En efecto, no faltó aquel consumido por la tv, decir “se las buscó”, o “algo habrá hecho”. La búsqueda merecía otro tratamiento, pero nunca sucedió.

“Pero no creo en el circo de la información. Todo decanta en tu amor, y en mi dolor”

Hasta Sergio Maldonado, con prudencia y humildad, debió ubicar a periodistas, que sedientos de novedades, por si el cuerpo corresponde o no a Santiago, fomentaron el caos. Dentro de la tormenta ¿Acaso no les da vergüenza? En medio de esta turbulencia, si algo queda por destacar, es la valentía de la familia. Y no sólo por marcar el terreno con humildad, a pesar de lo mala que están pasando, sino también por frenar la ola periodística y exigir respeto, humanidad.

Desde aquel 1 de agosto nos manteniamos en vela por su aparición. Nos convocamos, nos manifestamos. Hicimos visible nuestro reclamo: aparición con vida de Santiago Maldonado.

Entre la solidaridad y el amor que culminó las marchas, fuimos testigos de cómo la neblina policial se apoderó de la plaza y detuvo a manifestantes. También, de cómo lo fueron las personas, que ajenas al colectivo, estuvieron en el lugar latente. Sentimos la mirada opresiva de aquellos que no pueden sentir una desaparición. Una forzada, sí. De una persona barrida por el estado, en una represión, mientras ponía su cuerpo y alma, para defender los derechos de la comunidad Pu Lof.

La incertidumbre, angustia, el dolor, y el enojo, nos invadió. También, las preguntas. Nos embistió un huracán de emociones. ¿Dónde encontraríamos la calma? ¿Aguardabamos una confirmación para pasar el mal trago? Las ganas de terminar con esta incertidumbre nos sobrepasan el cuerpo; sin embargo, no queríamos terminar con la ilusión de encontrar a Santiago, con vida, para que se sumerja en un inmenso y cálido abrazo de reencuentro con su familia; y que junto a él, marchemos en busca de Justicia.

Corrieron las horas, pasó el día, y la confirmación llegó: Es Santiago. Su hermano lo reconoció. Nos dolió. Nos tocó de cerca. Un pibe que sembró derechos, debía florecer, y nunca llegar a este desenlace. Ese encuentro no fue el que teníamos pensado, nos enfrentó al nudo del asunto. El desconcierto se hizo cargo de nosotros y los mensajes, fotos, y dedicaciones se apoderaron de las redes. Impulsadas por la conmoción, personas auto- convocadas, se acercaron a la morgue judicial Buenos Aires, donde se realizó la autopsia, y la envolvieron de flores, prendieron velas. Un santuario para Santiago.

Que nos llueva esa valentía. Que nos contagie esa fuerza que tuvo aquel día en que se los reprimió. Que nos tape ese coraje, y nos asiente en un mar de calma, para exigir: respeto, verdad y justicia.

Por María Belen Gomez.

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