TRISTEZA NAO TEM FIM

LA REFORMA LABORAL Y EL MODELO BRASILEÑO

Uno de los principales proyectos de gobierno nacional post octubre: la flexibilización laboral. 

El 11 de julio el congreso del país presidido por Michel Temer aprobó la cuestionada reforma laboral bajo las coartadas de la modernización, la competitividad y la seguridad jurídica. El gobierno aliado de ‘Cambiemos’ lanzó un  proyecto que arrasa con los derechos de los trabajadores del Brasil. En Revista Patria nos proponemos problematizar sobre los principales puntos de la ley que probablemente inspire a Macri para después de octubre, el disciplinamiento de los sindicatos y el análisis sobre la figura del “trabajador meritocrático”.

“La economía es el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Margaret Thatcher. The Sunday’s Time, 1 de Mayo de 1981.

La frase pertenece a la “Dama de hierro”. Por supuesto, eran los albores del neoliberalismo y la mandataria británica, con una síntesis digna de una filósofa, se propone explicar en una entrevista los alcances del nuevo modelo politico, economico e ideologico. Casi 40 años después, ni el mas optimista de los defensores de la nueva doctrina hubiera imaginado que la frase podía cobrar tanta realidad. El neoliberalismo se arrojaba a constituir un nuevo sujeto, un nuevo hombre, un nuevo trabajador.

Ahora volvamos a la actualidad: 2017, Brasil. El nuevo gobierno de Michel Temer (aquel vicepresidente de la depuesta Dilma Rousseff), al mando de un gabinete sospechado de corrupción al por mayor, junto al el mismo congreso que decidió voltear a la jefa de Estado votada en 2015, ensayan una reforma laboral que viene cocinándose a fuego lento, pero que se supone “necesaria” para bajar los costos laborales de los muy costosos obreros brasileños. ¿De qué se tratan estas nuevas (y flexibles) condiciones laborales?

Convenios colectivos: Pueden oponerse a la ley, aun cuando sean menos beneficiosos. Permitiría que se establecieran jornadas de trabajo de hasta 12 horas, con un  límite de 48 horas semanales y 220 horas al mes.

Jornada parcial: Las jornadas parciales pueden ser de hasta 30 horas semanales, sin horas extras. Actualmente se permiten sólo 25 horas semanales, sin horas extras.

Vacaciones: Las vacaciones se pueden dividir en hasta tres veces. Sin embargo, ningún período puede ser inferior a cinco días, y uno de ellos debe ser de  más de 14 días. Actualmente, las vacaciones se pueden dividir en dos veces, y ningún período puede ser inferior a diez días.

Embarazadas: Podrán trabajar en lugares insalubres a los que se considere como de grados “mínimos y medios”, de los cuales pueden ser apartadas solamente por indicación médica. Actualmente, se prohíbe que embarazadas y lactantes trabajen en lugares insalubres, independientemente del grado.

Trabajadores informales: Las empresas podrán contratar trabajadores informales y, aunque haya relación de exclusividad y continuidad en la prestación del servicio, no se establecerá vínculo laboral alguno, a diferencia de lo que ocurre actualmente.

Trabajo intermitente: Se permitirán contratos en los que el trabajo no es continuo. La convocatoria al empleado debe realizarse con tres días de antelación. La remuneración es por hora de trabajo y no podrá ser inferior al valor de la hora de acuerdo al salario mínimo.

Almuerzo: El Convenio de Trabajo determina un período obligatorio de 1 hora de almuerzo. La nueva reglamentación permitirá la negociación entre empleador y empleado. En caso de reducción del intervalo para el almuerzo, el tiempo debe ser descontado de la jornada de trabajo.

En síntesis, una reforma patronal más que laboral, que rompe de forma asimétrica el aproximado equilibrio de costos laborales en el Mercosur. Es el comienzo, claro está, de un plan regional.

Una cuestión mucho más meticulosa que retoma nuevamente la frase de Thatcher y pone en juego la figura del “trabajador meritocrático”. El éxito neoliberal ha hecho un surco profundo en la subjetividad de los obreros. Y es decir que, la meritocracia, no es patrimonio exclusivo de las capas medias o la oligarquía, sino que también florece en los círculos fabriles más duros.

Sindicatos obedientes

Además de la prevalencia de los acuerdos entre los trabajadores y la empresa por sobre la ley laboral, el proyecto acaba también con la llamada “contribución sindical obligatoria”, más conocida como “impuesto sindical”, que descuenta a los empleados un día de trabajo anual para destinarlo al gremio en que están afiliados.

Aquí radica el otro gran componente de la reforma que se perfila como punta de lanza para “mejorar” la competitividad de mercado en la región: el disciplinamiento de esos odiosos sindicatos. Bien sabemos que, para los economistas experimentados en recetas neoliberales, el gran obstáculo (y a veces único) que encuentran en su afán de querer emular los trabajadores sudamericanos con los esclavos indonesios son esas organizaciones que tantos dolores de cabeza les han traído. Según estos cráneos, desde Vargas a Perón los sindicatos han sido la razón fundamental porque la que la lluvia de inversiones no han mojado estas tierras como corresponde.

Pero, ¿cómo se disciplina un cuerpo sindical? Los dos caminos elegidos han surtido el mismo y exitoso efecto. Por un lado con el clásico y nunca falible temor a perder el empleo, ese ejército de reserva del que hablaba Marx. Pero por el otro una cuestión mucho más meticulosa que retoma nuevamente la frase de Thatcher y pone en juego la figura del “trabajador meritocrático”. El éxito neoliberal ha hecho un surco profundo en la subjetividad de los obreros. Y es decir que, la meritocracia, no es patrimonio exclusivo de las capas medias o la oligarquía, sino que también florece en los círculos fabriles más duros.

Hace muy poco, al calor de las asambleas donde alzan la voz los delegados, se escucharon las siguientes palabras: “ … el problema no es el nuevo sistema, ni el plan de modernización, ni el ajuste, ni un carajo: el problema es que hay trabajadores que se rascan las pelotas, que son ñoquis, hay que sancionarlos, que pierdan el laburo de ultima, asi aprenden”. La escena enfrentó al delegado con sus certezas más profundas. Nadie puede ir contra sus conquistas, nadie puede querer destruir su convenio colectivo, nadie puede desear que echen a un compañero. Nadie, hasta que un grupo de trabajadores empezó a sentirse oficialmente habilitado a decir lo que piensa.

Una última aclaración: las palabras del párrafo anterior no fueron enunciadas en una planta procesadora de café de Minas Gerais, ni en un astillero de Porto Alegre. Fue en una reunión sindical en el conurbano bonaerense, en Argentina. Solo una muestra de los discursos que vamos a tener que enfrentar cuando la reforma a la brasileña decida llegar al país. Todo hace pensar que será muy pronto.

 

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