PLATA DULCE: LA VUELTA DE LA “PATRIA FINANCIERA”

NUEVA GENERACIÓN DE NEOLIBERALISMO

Un retorno al modelo clásico de endeudamiento y el apogeo de la bicicleta financiera. A la espera de encontrar un mejor final que Bonifatti. 

‘Plata dulce’ se titulaba la recordada película de 1983 protagonizada por Federico Luppi en la cual se graficaba, mediante las desventuras de dos pequeños empresarios, el brusco traspaso del desarrollo basado en la industria y el mercado interno a un modelo rentístico-financiero. Eran el comienzo de los ’80 y el tan prometedor avance del capitalismo productivo hacia una versión mucho más meticulosa y selectiva, donde unos pocos aprenden y se benefician con rapidez mediante el “arte” de hacer dinero con el dinero. Siguiendo con la tónica cinéfila, entre ellos también podemos incluir a los Gordon Gekko (Wall Street) o Jordan Belfort (El lobo de Wall Street), dos casos de vampiros insaciables de la bolsa de valores.

Pero en el film argento la cosa no sería tan hollywoodense. Se trata de la historia de dos comerciantes dedicados a la venta de botiquines que intentan mantener su fábrica abierta frente a los embates de la profunda política económica de desindustrialización que estaba llevando a cabo la última dictadura cívico militar. Uno de ellos, Carlos Teodoro Bonifatti, decide entonces dejar de producir botiquines y dedicarse a los negocios financieros, que comenzaban a estar en auge, asumiendo como gerente de un banco. Mientras tanto, Rubén Molinuevo, el otro socio, se empeña en continuar con la empresa. Los destinos de ambos se bifurcarán en dos realidades bien distintas, al menos en su apariencia. Pero aún no vayamos a sus consecuencias.

Situándonos ahora en el presente, y teniendo en cuenta el modelo económico del macrismo, podemos afirmar (y no hay que ser un economista experto para darse cuenta) que una de las acciones más rentables es lo que se conoce vulgarmente como “timba financiera”. La evidencia más notoria de este sesgo en la administración Cambiemos es la combinación de dólar estable, deuda creciente, tasas de interés altas y desregulación de capitales, que abren oportunidades de ganancias desde el carry-trade o, en criollo, bicicleta financiera, hasta las ingenierías más sofisticadas del arte de hacer “trabajar al dinero” sin arriesgar en el ámbito mercantil. De eso justamente se trata la financiarización.

Datos de un modelo conocido…

Para entender esta rama que encandila a los adictos de la city porteña debemos atender a dos cuestiones fundamentales: por un lado se encuentra el mecanismo propiamente dicho y por otro los fondos que lo sostienen.

Primero comprendamos la maniobra: un inversor trae 100 mil dólares, los cambia y le dan un millón quinientos cincuenta mil pesos. Con ese dinero compra Lebac, que rinden un 26,5 por ciento anual. Pasado un año el inversor cancela las Lebac y recibe el millón quinientos cincuenta mil de capital invertido más los intereses del 26,5, o sea 410.750 pesos, lo que hace un total de 1.960.750 pesos. Cambia los pesos recibidos por dólares, o sea 126.500 dólares, que gira nuevamente al exterior.

Esta operación, explicada rústica y rápidamente, se repite semana a semana girando cifras cada vez mayores al exterior. Es decir, son montos de una envergadura gigantesca que escapan al circuito productivo para pasar al especulativo remunerado por el Estado. La política del Banco Central, instrumentada por Federico Sturzenegger (el mismo que con De la Rúa armó el Megacanje y el Blindaje que nos costó 60 mil millones de dólares), de mantener muy altas las tasas de las Lebac (26,5 por ciento) con un dólar planchado en poco más de 15 pesos, hacen posible este negocio único en el mundo para los especuladores y usureros internacionales.

La justificación de la administración macrista radica en un también conocido discurso de “metas de inflación”. Sí, el mismo discurso repetido hasta el hartazgo que le valió a nuestro país elogios permanentes del FMI cuando éramos los más obedientes para los organismos internacionales de crédito. La teoría oficialista dice que para retirar pesos del mercado, lo que representa la razón principal de la inflación para los economistas ortodoxos -los mismos que repitieron a vivas voces la “maquinita de hacer dinero” para referirse a la emisión monetaria-, el gobierno emite deudas en distintas formas como títulos, letras, notas, etc. Las célebres Lebac son la vedettes más codiciadas de esa deuda, por su tasa altísima de interés.

De este circuito se desprende el dato de la creciente deuda del BCRA (hasta 2017 equivalía 10 puntos porcentuales del PBI). Entre diciembre de 2015 y marzo de este año su monto creció 160 por ciento. Estas burbujas financieras terminaron casi siempre de la misma forma (1960 Frondizi, 1968 Onganía, 1979 Dictadura, 1999 De la Rúa). Pero aún no nos adelantemos.

Ahora bien, la segunda cuestión es: ¿Cómo se sostiene este sistema de espiral sin fin? Aquí es donde entra en juego el otro componente. Quizás el más peligroso, porque atenta contra el futuro de la Patria en un dilema más que conocido para los argentinos: el endeudamiento externo. Es decir, los 26.500 dólares obtenidos de rentabilidad sobre los 100 mil dólares del inversor los paga el Estado nacional con divisas obtenidas con deuda externa. Exactamente el mismo modus operandi que se acumuló desde 1976 hasta el 2001, cuando el país cayó en default.

La “fuga legal” de capitales representa el 15 por ciento de la deuda emitida en 2016 y el 60 por ciento de los pagos de deuda pública en 2017 corresponde a deudas tomadas por el gobierno actual. En síntesis, el gobierno se endeuda para pagar la deuda que él mismo contrajo.

Entre diciembre de 2015 y marzo de 2017 la deuda externa casi se duplicó trepando a los 90 mil millones. Pero no solo a nivel nacional se dio el fenómeno. Las provincias aumentaron la suya un 123 por ciento entre diciembre de 2015 y marzo de 2017. A su vez, la deuda de las empresas privadas creció más del 160 por ciento entre el 2015 y el 2016 y sus colocaciones en dólares pasaron del 8 por ciento en el 2015 al 75 por ciento al año siguiente. Es decir, el endeudamiento colosal se utiliza en su mayoría para solventar el modelo financiero y no ingresa al circuito productivo, ni se traduce en incentivo para las pymes y el consumo. De hecho el PBI se contrajo un 2,3 por ciento y la formación de capital cayó un 5,5 por ciento.

Lo mismo ocurre a nivel doméstico. Las familias aumentaron su nivel de endeudamiento en tarjetas de crédito y prestamos un 42/45 por ciento nominal anual en 2016. La cartera de consumo, por su parte, aumentó 2,2 puntos porcentuales de participación en el sistema financiero. Algo similar sucede con los altamente riesgosos créditos hipotecarios indexados (UVA). En traducción, más comerciantes ingresaron al terreno de la especulación. Tal como sucedía en la película. La realidad casi siempre supera a la ficción.

El modelo para el gobierno argentino es obtener crédito abierto, pero sin tomar en cuenta los costos. Observan a Chile como el ejemplo a seguir debido a su nivel de acceso al crédito, pero sin atender las vicisitudes de su propio país, que ya ha dado sus primeros pasos hacia la industrialización, una característica muy distinta al vecino trasandino. Cuando el aumento de las deudas compensa la caída de los ingresos, la acumulación de intereses y atrasos se convierte en agobio y quiebra para las personas, y negocios para los asesores financieros y buitres minoristas: el lado oscuro de la financiarización.

Finalmente, a este cóctel podemos agregarle dos ingredientes no menos importantes: el involucramiento de las entidades internacionales tales como el Instituto de Finanzas Internacionales (IFI), que tuvo su Cumbre Regional en abril de 2017 en Argentina, el Tesoro de Estados Unidos, que visitó nuestro país en 2016, y las constantes recomendaciones, recetas, condicionamientos y felicitaciones del FMI (una reedición de los ´90 a flor de piel).

Por último llega la profundización del modelo en la era de Nicolás Dujovne, actual ministro de Hacienda de la Nación, que significó la eliminación total de las restricciones a la entrada y salida de capitales, sin límite de magnitud ni de plazos y la declaración, un día después, del JP Morgan, que afirmó que incluiría bonos argentinos en su serie de índices BGI-EM (Government Bond Index-Emerging Markets), compuesto por bonos de deuda soberana en moneda local de países emergentes. Así, desde el 1 de marzo, Argentina ya está, junto con Brasil, México, Turquía e Indonesia, entre otros, en la vidriera (o en la mira) de los grandes jugadores de la timba global.

El final de la película

Con tantos datos y registros de épocas pasadas es difícil imaginar otro final para este film. Más aún si tomamos como certezas las presunciones del gobierno para después de las elecciones (hipotética victoria mediante, claro está) de acentuar el rasgo de financiarización del modelo basado en un dólar a más de 17 pesos, tal como auguran varios especuladores.

Así ocurrió en los dos ciclos anteriores de financiarización: en la dictadura (lo que provocó un retroceso de la industria con el nacimiento del neoliberalismo financiero y un agudo empobrecimiento de la población bajo una fenomenal concentración de la riqueza) y en la convertibilidad (que lanzó al país a la globalización sin anestesia y agudizó la exclusión social bajo la tutela del FMI y el Banco Mundial, los dos garantes del incipiente “desarrollo y modernización” de la economía nacional).

En otras palabras, Argentina fue rata de laboratorio del poder hegemónico en la transición de paradigma keynesiano al neoclásico en los ´70 y el alumno con mejores notas de las reformas estructurales en los ´90.

Hoy los mismos nombres (Sturzenegger, Melconian, González Fraga, Redrado, Prat Gay, Dujovne, etc.) realizando las mismas maniobras, hacen pensar en un final anunciado.

En la película, Bonifatti, el pequeño industrial que se arrojaba a la aventura de la bolsa y la plata líquida, consigue un mejor nivel de vida, cambia de auto, se nuclea con hombres de negocios y se vuelve un bon vivant con amante incluida. Pero solo como un espejismo y por un tiempo… hasta que la realidad, la que no está en los intereses ni los créditos a futuro, lo golpea como nunca antes.

Esperemos que en nuestra película alguien llegue a avivar a los Bonifatti. Esperemos que llegue a tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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